viernes, mayo 21, 2010

Cobardías y hundimienos (I): A las manos.


Contenerse.
Suspirar.

Cauterizar los sentimientos para no sufrir más.

No son sentimientos justos para quien no los desea, pero tambien pueden ser un mar de consuelo para quien cree que no tiene más que recibir.

Así se siente el herrero cuando advierte que sus manos, útiles para tantos y revestidas con la corteza de los años, el sudor y la experiencia, no le bastan para lograr sus anelos.

Sus anelos.

Repito: sus anelos.

El herrero forja y pule, afila y retornea, pero está demasiado acostumbrado a tratar con lo maleable, se asusta cuando se encuentra con las manos de otra experiencia, más fuertes, más sólidas, pero de apariencia frágil y delicada.

¿Cómo hablar con esas manos? ¿Cómo saber si las manos con las que tratan las otras manos son con las que quieren tratar en realidad? ¿Por qué tienen que haber más manos complicando las cosas? Son torpes y molestas y no saben lo que tienen, pero tampoco lo dejan ir, no sea que se les escape la vida con ellas.

El herrero es paciente, delicado a su manera, pero con el ímpetu propio de su oficio, piensa en moldear su alma a base de martillazos contra el yunque, pero su alma es más dura, aunque maleable a las artes de las otras manos.

El herrero tiene las cosas claras, sabe lo que le conviene, no debería achantarse ante un proyecto nuevo, ante un reto difícil... Pero, ¿Y si es imposible?

El herrero está aterrado por la incertidumbre, pero en el fondo sabe que no es necesario, al menos no aún.

El herrero quiere más de lo que tiene con las otras manos, pero el herrero teme errar...

Esto va por tí, no me lees, pero va por tí.

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